domingo, 18 de marzo de 2012

LA TERCERA OREJA

El pasado puede irrumpir en cualquier momento en tu vida de la forma más insospechada...
¿Qué pasaría si conocieras a alguien con el mismo defecto genético que tú (uno raro de cojones) en el mismo autobús que sueles coger diariamente en la misma ciudad en la que vives?
Que se lo pregunten a los dos protagonistas de esta extraña y enternecedora historia.


LA TERCERA OREJA

Como cada mañana, subía al autobús a la misma hora; somnoliento, desganado y harto de depender de aquel mísero sueldo que me proporcionaba un trabajo repetitivo en una máquina de confección textil.
            Agarrado a un colgador de plástico, veía pasar a más desdichados como yo, soportaba los empujones de los maleducados e impacientes, los vaivenes de los súbitos frenazos del conductor, inhalaba el tufo mareante de algún que otro sobaco y dejaba pasar los minutos, las horas, los días de mi rutinaria existencia en el trayecto hasta el polígono.
            Pero esa mañana, mi monótona ruta diaria iba a verse iluminada por la presencia de una muchacha, una curiosa adolescente que, desde el primer momento en que la vi, me llamó poderosamente la atención. No es que me atrajera sexualmente, ni me pareciera atractiva, sino que tenía algo tan familiar, tan cercano, que me hizo fijarme en ella de manera irremisible; tanto, que me creí enfermo por no poder quitarle la mirada de encima hasta que bajó del autobús, dos paradas antes del polígono, para perderse en una calle del barrio latino.
            Tomaba el bus tres paradas después de la mía, en la calle Buenaventura. La primera vez que lo hizo y me fijé en su presencia, ella ni siquiera se molestó en escudriñar al resto del pasaje. Se apostó también de pie, pegada a una de las ventanillas, con esos cascos aterciopelados de música que parecían orejeras de abrigo, el pelo suelto castaño, bien peinado, brillante y liso, como las modelos de los anuncios de champús, vestida casi siempre de sport, quizá algo desaliñada, y portando su mochila negra llena de pins y parches de contenido políticamente incorrecto.
            Subían varias estudiantes como ella todos los días en cada parada de mi trayecto, pero ninguna era como ella. Me lo advirtieron aquel primer día sus ojos, ni verdes ni azules, tremendamente llamativos. Pero la sorpresa me la tenía reservada para el día siguiente, en un momento en que se quitó las orejeras del mp3 y se retiró el pelo de la cara. Debajo de su oreja derecha, en el nacimiento del cuello, un pequeño bulto deforme del tamaño de una nuez colgaba de su carne. Cuando lo descubrí, no pude evitar echarme la mano al cuello y tocar mi cicatriz. Hasta los ocho años, yo también portaba en el mismo lugar que la muchacha un feo cuajo prominente de piel arrugada y tacto desagradable que me había acompañado desde el día de mi nacimiento y que me extirparon en buena medida para acallar las burlas frecuentes de los chavales del barrio y “por mi propia autoestima”, según dijeron el psicólogo y mis padres. Se trataba de una malformación genética, una tercera oreja que se había empezado a formar al lado de otra durante mi gestación y que se había quedado en una simple y antiestética secuela. “Tu abuelo también la tenía”, me contó una vez mi padre, antes de la intervención; “afortunadamente, yo no la heredé, pero lo llevaba en los genes y te lo transmití. Pero no será necesario que tú lo lleves toda la vida, ¡qué horror! Pronto le pondremos remedio, no te preocupes, hijo”.
            Era extraordinario… y enigmático; la chavala del autobús también era dueña de una tercera oreja, o al menos, eso me pareció. No recordaba exactamente cómo era la mía después de tantos años, pero seguro que era muy similar. ¿Una simple coincidencia? No. La chica ya me había atraído el día anterior y todavía no era sabedor de su bulto malformado. Debía haber algo más.
            Estaba observándola con detenimiento, esperando que ella volviera a retirarse el pelo para cerciorarme de la existencia del bulto, cuando ella se volvió en mi dirección y me descubrió mirándola. Avergonzado, dirigí la vista hacia el frente y me esperé unos segundos hasta volver a mirarla. Para mi desconcierto, fui yo quien la sorprendió entonces mirándome; ella agachó la cabeza de inmediato y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor. Ya no me atreví a echarla un vistazo hasta que el bus llegó al barrio latino y se apeó.
           
            No dejé de darle vueltas en la fábrica. En la puta máquina de confección, entre telas y telas, pedidos urgentes y nervios, una sola idea comenzó a fraguarse en mi cabeza, taladrándome inmisericorde. Era muy descabellada y retorcida, pero no imposible. Esos ojos bonitos, esa cara tan familiar… y, sobretodo, el bulto cartilaginoso de su cuello, me tuvieron en vilo hasta la noche.
Fue en la cama, justo al acostarnos, cuando mi mujer, lista y observadora como siempre, me abordó de improviso. Me disponía a volverme para darle el beso de buenas noches, cuando me soltó:
            —¿Se puede saber qué mosca te ha picado, Jose? Te has pegado toda la tarde en babia…
Yo me quedé cortado, a medio camino entre almohadas, y no supe muy bien qué responderle. Era consciente que, de todos modos, ella me lo sacaría (buena inquisidora está hecha la Mati), así que me lancé un poco titubeante;
            —Verás, cari… Es un poco raro. Igual me llamas pervertido o algo así cuando te lo cuente, pero…
            —¡Anda! —Se giró de pronto. Su cara quedó a escasos centímetros de la mía. Comprendí de inmediato que esa no había sido la mejor forma de comenzar—. ¡Esto se pone interesante!
            —¡No, no me malinterpretes! —me apresuré a decirle—. Es que llevo dos días observando a una muchacha en el autobús, de camino al trabajo, y no puedo quitármela de la cabeza. Pero no es lo que piensas, ¿eh? Resulta que… ¡joder, es que es un poco fuerte!
            —Más vale que desembuches —me exigió inquieta.
Me costó horrores soltárselo, y mucho más tener que volver a recordar aquellos tiempos difíciles, dieciseis años antes, cuando mi exnovia y yo nos separamos y nunca más supimos el uno del otro. Una situación compleja que acabó de enrevesarse con la llegada de un embarazo inesperado y doloroso que no hizo otra cosa que provocar el peor de los desenlaces.
            —Pero, ¡tú dijiste que ella abortó! —Mati se quedó algo dubitativa. No se esperaba que yo, después de tanto tiempo, le viniera con esas.
            —Sí. Eso me dijo… por teléfono.
            —¿Cómo? —Ella empezó a alterarse y elevar el tono de voz—. ¿Es que no viste los papeles de la clínica?
            En ese momento, mi temperatura corporal subió muchos grados y deseé taparme con la sábana como cuando era niño y me refugiaba del coco. ¡Qué inocente había sido entonces! Claro, ¿cómo no me iba a quedar esa duda latente? ¿Cómo no iba a sospechar de la chavala del bus? Si hasta estaba convenciendo a mi mujer sin pretenderlo.
            —Si no hubiera sido por ese bulto debajo de su oreja… Como el que tuve yo que heredé de mi abuelo. Si no lo hubiera visto, no estaría tan angustiado como estoy.
            —¿Y ahora qué? —se indignó ella, dando un manotazo al colchón—. ¿Qué piensas hacer mañana, cuando la vuelvas a ver? ¿Te acercarás a ella, le tocarás su supuesta tercera oreja y le dirás: “Luke, yo soy tu padre”?
            —Oye, que no es ningún cachondeo, joder —me mosqueé—. Que todo esto es muy serio…
            —Pues a ver cómo te quitas ahora la espinita. Es que… ¡Menudas pajas mentales te haces, macho! Será mejor que lo olvides y no te fijes más en ella porque conseguirás ponerme cardiaca.
            Al final, consiguió ponerme más histérico de lo que ya estaba. Me dí la vuelta enfadado y apagué la lámpara de mi mesilla. Mati hizo lo propio, sin dignarse siquiera a darme las buenas noches. Me costó mucho conciliar el sueño.

            A la mañana siguiente, llevaba un rugir de tripas implacable asido en mi colgador favorito. El autobús, como siempre, atestado de gente. La siguiente parada era Buenaventura y mis nervios comenzaban a bajarse estómago abajo. Los continuos frenazos del intrépido conductor (el mismo de siempre), también colaboraban en ello.
            Tenía que hablar con la chica. No sabía muy bien cómo empezar ni tampoco si sería muy conveniente abordarla a preguntas que nadie respondería a un desconocido, aunque éste fuera en realidad su verdadero padre, ese que había decidido dieciséis años atrás que ella no debía existir porque jamás hubiera solucionado con su venida al mundo las diferencias irreconciliables entre sus padres.
            Alcé la vista antes de que el autobús se detuviera. Había mucha gente en su parada, tanta que no la acababa de localizar. Me encontraba tan acojonado que, en el fondo, algo en mi interior deseaba que no apareciera. Sin embargo, estaba decidido; en cuanto ella subiera y encontrara acomodo, me iría acercando poco a poco hasta quedar a su lado. Ya surgiría una conversación. Soy un tipo con recursos, así que, si me lo proponía, podía ser muy parlanchín. Al menos, eso creía.
“Oye, disculpa, ayer te vi ese bulto que tienes bajo la oreja; ahá, míralo. ¿Ves esta cicatriz? Yo también tuve uno como el tuyo hasta que me lo quitaron con ocho añitos. ¿Sabes si el tuyo es de nacimiento?”. No. Quizá se molestaría si me dirigía a ella con la excusa de la tercera oreja. Había que ser más discreto. Probaría de nuevo…
“¡Anda! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal estás, hermosa? Hacía muchos años que no te veía, menudo cambiazo has dado. ¿Qué tal está tu madre?” (entonces mencionaría el nombre de mi ex, a ver qué me respondía ella. Yasmina se llamaba, la muy bicho, como para no acordarme del nombrecito. Mucha casualidad sería que se llamara así su madre de verdad y no fuera la bicho). ¡Mierda! ¿Y si Yasmina la acabó dando en adopción y la chica tiene otra madre distinta? Nunca me lo había planteado así… No, así tampoco funcionaría.
            Ahí estaba ella. Ese día se había puesto un gorro rojo de lana y guantes a juego. Y sus orejeras y su mochila negra. También iba de sport. Subió de los últimos, entre dos chicos altos, por eso no la vi hasta que ya estaba arriba.
La seguí con la mirada en su torpe deambular, a base de empujones corteses, hasta que encontró un hueco en su lugar preferido, en el centro del bus, al lado de la ventanilla. No pude evitar fijarme en su carita de niña buena. Sentí un pinchazo en el pecho cuando la asocié a la de Yasmina; era muy parecida a ella cuando nos conocimos, incluso sus ojos eran del mismo color; había que tenerla muy cerca para saber con exactitud de qué tono eran, y aún así, siempre te quedaba la duda. Nunca supe discernirlo, porque siempre que la tenía así de cerca era para besarla y otras cosas. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me refugié en aquellos recuerdos que sólo los sueños esporádicos de mal despertar y la irrupción de la muchacha en mi vida habían rescatado de mi olvido más profundo.
            Seguía ensimismado en mis cavilaciones sin dejar de vigilarla, cuando ella, justo antes de apalancarse al lado del ventanal, levantó la cabeza y echó un vistazo rápido al resto del convoy. Cuando me localizó, de nuevo sus limpias y pálidas mejillas se encarnaron y me escondió sus bonitos ojos. Esa vez, yo no rehuí el encuentro visual. No me sentí avergonzado, todo lo contrario; los burbujeos de mis intestinos se habían transformado en cosquilleos indescriptibles.
            Agarré con fuerza el asidero y pensé en hacerlo. Sólo tenía que moverme despacio entre el pasaje, sin dejar de agarrarme a los colgadores de plástico, hasta colocarme junto a ella. Parecía sencillo, pero no era así. Demasiado forzado, demasiado directo. Cuando me disponía a deslizarme entre los pasajeros y me había soltado del colgador, un súbito frenazo me despidió hacia delante, haciendo que mi nariz impactara en el hombro del señor mayor de mi izquierda. No tuve más remedio que agarrarme a su abrigo para que la inercia no convirtiera mi cuerpo en una bola rodante sin control. “Cuánto lo siento”, me disculpé, forzando una sonrisa. El hombre arrugó la cara y bufó algo que no sonó muy bien.
            En el momento que volví a jalar mi colgador habitual y deje de ser el centro de atención del metro y medio cuadrado de mi zona, me giré a mirarla. El estómago volvió a rugirme con fuerza. Su hueco del ventanal había sido ocupado por una mujer negra con una especie de turbante en la cabeza y un bebé colgando de una bolsa sobre sus hombros. ¿Y el gorrito rojo? ¿Y las orejeras de peluche? Me había despistado con el frenazo del cafre del conductor y ella había desaparecido de mi visión. Aún no habíamos llegado al barrio latino, así que debía seguir en el bus, seguramente había encontrado asiento. Lo malo era que, de ese modo, me resultaría más difícil entablar una charla con ella. Qué desastre, nada me salía bien. Suspiré, víctima de mi resignación. Al menos, podría verla apearse en su destino y ansiar que llegara el día siguiente para volver a coincidir con ella. Algún día de esos surgiría la ocasión, seguro. Eso era lo único que me reconfortaba.
            Pero, a veces, la vida te da lecciones que son muy difíciles de olvidar.
Cuando dos personas deben conocerse y suceder algo mágico, el Universo entero conspira para que así sea. Creo que la frase era más o menos parecida (por cierto, se la escuché decir a Yasmina unos veinte años atrás), pero, en cualquier caso, venida al dedo para lo que sucedió a continuación;
            El autobús se disponía a girar en la esquina de Chávez con Castro hacia la primera parada del barrio latino, y mis ojos ya buscaban con ansia al pasaje que se descendería en breve. Necesitaba quedarme tranquilo viéndola marchar, recibir mi hálito de esperanza e ilusión hasta la jornada venidera. Los viajeros que iban a apearse ya habían comenzado a moverse hacia las puertas, refrotándose los unos con los otros y empujando al resto de pasajeros que viajábamos a pie. Tuve que pegarme contra los asientos (para más “inri”, situados a la altura de mi entrepierna) y aguantar los apretones en mi espalda sin dejar de soltar mi asidero. Al principio, no notaba los suaves tirones que alguien me daba del anorak, pensaba que se trataba de los típicos enganchones con la ropa de la gente al pasar. Yo continuaba a lo mío, preparado para observar a la chica y seguir soñando, sin darle importancia, hasta que una dulce voz me alertó;
            —Oiga, señor.
Hice un movimiento rápido de mi cuello hacia mi izquierda, justo al hueco que acababa de dejar el señor mayor. No me esperaba la tremenda bofetada que me dieron sus ojos, tan bellos y cercanos, cuando casi me di de bruces con ellos. El pompón de su gorro se movía de un lado a otro mientras girábamos en la calle Castro.
            —Qué —acerté a decir, tan sumamente abrumado que debí palidecer en extremo.
            —Igual le parece un poco chocante pero… —continuaba ella, haciendo hueco para que los viajeros pasaran— … me ha llamado la atención la cicatriz que lleva usted ahí. —Señaló con el dedo índice de su guante rojo hacia mi cuello.
            —¿Dónde? —me salió, a pesar de llevar enseguida mi mano libre bajo mi oreja derecha.
Ella sonrió. Nos hicimos cómplices desde ese momento. Yo tampoco evité que brotara mi felicidad. El autobús deceleraba y pronto llegaría el primer frenazo en el barrio latino.
            —Ay, esta es mi parada —se percató entonces—. Otra vez será…
            —Tranquila, seguro que nos vemos más días.
            —Seguro. ¡Hasta mañana! —se despidió apremiada, dejándose llevar por la marea de gente.
No pude responderla. Un nudo en mi garganta me impedía articular palabra.
Forcé una sonrisa antes que se humedecieran mis ojos. Dos paradas más y llegaría al polígono, la fábrica y al rumor incesante en mi taladrada sesera. Ella ya desfilaba en la calle, con su mochila negra llena de parches y pins y su gorro rojo del pompón. Y sus divertidas orejeras de peluche. “¿Por qué no?”, me dije, agarrando con fuerza el colgador desgastado.
            Las puertas del autobús con destino al polígono industrial comenzaban a cerrarse cuando me deslicé entre ellas.                                                                              


  D.R.G.           

2 comentarios:

  1. Un relato cojonudo (espero no estar en horario infantil ¬¬) me has tenido todo el rato con el culin encogido jejeje Me voy tras la chica a ver qué se cuenta :DDD
    Besote David, de los grandes

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